lunes 9 de noviembre de 2009

Latigazo

Latigazo
Música de Daddy Yankee
Por Camilo Suárez

Esa semana no me sentí exhausto pese a que fue estresante. El esfuerzo que invertí para preparar el último parcial final del semestre se vio retribuido con las preguntas que votó el profesor el día del examen. De cierta forma, debo admitir que me gustó que todos los vagos del salón, grupo en el que me incluyo, habituados al fracaso académico, no hubiesen podido resolverlo, y sólo los ñoños de siempre, que no son la mayoría, lo hayan logrado. Haber despertado envidia y admiración en muchos me reconfortó.

Por la noche, fue el cumpleaños de Tere. Mi parcera de la Universidad. La más mamacita y querida del salón, la única que tiene el carisma suficiente para reunir a ese curso desvariado, y a gente de otras facultades en un mismo lugar por fuera de la universidad. Su fiesta es siempre la más esperada del año ya que, aparte de despedir el semestre, le da paso a las fiestas de navidad.

Aquel jueves fungía a su vez como mi aliado. El regular capote de nubes, de esas que merodean esta ciudad día y noche, y que cumplen con la lluvia que prometen; se habían ido lejos y el día brillaba. Por su parte, me habían confirmado que Angelita, la niña que me vuelve loco, iba a ir a la farra. Podía concluir que todo conspiraba a mi favor.

En el bus, de vuelta a casa, después de haber confrontado algunas ideas sobre el examen con algunos compañeros y ultimado con Tere detalles de la hora de la fiesta, se me ocurrió que no podía haber una mejor ocasión para comprarme una pinta, como una forma de celebrar mi triunfo. Había ahorrado juicioso durante todo el año, y sin hacer mayor esfuerzo de cálculo, supuse que tenía suficiente para una chaqueta Lacoste, al estilo de los entrenadores de las grandes ligas de béisbol, similar a las que usó Kutcher en Spread. No tuve que hurgar mucho en los locales del centro comercial para encontrarla como la deseaba. Sintiéndome bastante ansioso con mi nueva prenda, tomé otro bus que me llevara en definitiva hacia mi casa. Una vez subido en él, pensé en masturbarme tan pronto llegara, sin embargo, me safé de esa idea de plano, al recordarme que la paja se lleva siempre consigo toda mi energía, y eso no lo iba a permitir. Entre otras cosas, haberla mantenido alejada de mi vida durante toda esa semana, fue lo que me permitió invertir mis calorías en los libros del examen.

De mi salón sólo salvaba la patria Simón y Juan, mis panas de la carrera. Con esos locos se empataba en lo esencial, el cine, la buena música y el vicio de querer departir sólo con niñas bonitas. Juan y yo nos graduamos juntos en el colegio, y pese a que no solíamos ser tan amigos en esa época, hoy en día lo veo como un hermano. En cambio, al loco de Simón sí lo conocí en primer semestre; nos hicimos amigos tan pronto cada uno finalizó el escaneo del personal del curso. Ninguno de los tres es un excelente estudiante, pero tampoco bruto. Podríamos, incluso, ser los mejores si así nos lo propusiéramos. Por ahora, hay otras prioridades diferentes a la de sobresalir en esos escenarios. Pese a esto, los tres competimos con sigilo en todos los aspectos. No es tan cierto que los hombres seamos distintos a las mujeres en ese sentido.

Por suerte, ese par había confirmado asistencia a la casa de Tere, y nada me tranquilizaba más que tener la certeza de encontrarme con ellos en la fiesta, si no hubiese sido de ese modo tal vez no habría ido.

Llegué a eso de las nueve. Tere, como siempre reluciente me recibió con la alegría que la caracteriza. Vestida con sus tradicionales jeans rotos italianos que a nadie mejor que a ella le pueden lucir, sandalias tres puntadas, y una blusa negra escotada que destapaba sus hombros que dejaba ver parte de sus medianos senos redondos y resaltaba el color de sus ojos; negros, brillantes como su pelo. Era clara, como es habitual en ella, una actitud espontánea frente a toda situación social. Adentro, en la sala, que era en donde estaba la música y todas las galas y guisas del salón. Unos bailaban y otros permanecían sentados en el diván o las sillas, bebiendo guaro y hablando de las actrices de las novelas nacionales. No hizo falta pensar en la pereza que me produce verlos a todos, todos los días de mi vida. Caminé tomado de la mano de Tere por el resto de la casa, me condujo a la cocina, abrió la nevera y me enseñó el trago que había dispuesto allí para todos. Notó que estrenaba chaqueta y me felicitó una vez más por el examen de la mañana. Destapé una cerveza, ojeé el patio para ver si mis panas estaban por ahí, pero antes de preguntar Tere se me adelantó diciendo que no habían llegado. Le pregunté por Angelita y también recibí una negativa. Noté la presencia de otros personajes que no eran ni del salón ni de la facultad. Por su aspecto, botas Dr. Martens que parecían haber sido embetunadas por el mismo embolador; los pantalones ajustados y sin canal de escape de peos, metidos, a la altura de la pantorrilla, dentro del cono de los zapatos, y las chaquetas de aviador, induje que eran los punkeros de sicología. Ignoraba que Tere los conociera, y mucho menos que iban a estar esa noche en su casa. Me causó curiosidad, con reticencia reparaba con mi mirada una y otra vez sus atuendos hasta que uno clavó sus ojos en mí con actitud desafiante y decidí salir al garaje a fumar.

Empecé a preocuparme, mis amigos no llegaban pero sí lo hacían personas que nunca había visto en mi vida. Poco a poco mi actitud se tornó incómoda y me costaba permanecer impasible ante el espectáculo que estaba viendo. Esta se agravó cuando Camilo, un compañero del salón, que está convencido que nació en Brooklyn, NY, y es más rapero que Jay –Z, hizo arribo a la fiesta con sus amigos del barrio. En ese momento incliné mi cabeza y la batí proceloso. Pensé que tan pronto llegara Simón y Juan se querrían abrir de ese lugar, así como Angelita, quien, si bien era más amiga de Tere que mía, yo intuía que iba a querer actuar igual. Pensé en hacerle un reclamo a Tere acerca de sus invitados pero no me pareció prudente. Intenté llamar a Juan al celular para preguntarle si iba a venir, pero no lo contestó. En la medida que pasaban los minutos mi ánimo fue derrumbándose y el día que creí iba a ser perfecto anunciaba su inminente desceso. La situación alcanzó un nivel desesperante en mi mente y decidí que lo mejor era marcharme.

Después de haber dado varias vueltas por los alrededores de la casa de Tere, procurando hacer tiempo para ver llegar a mi gente, entré a despedirme de ella.

- A ti qué putas te pasa, no puedo aceptar que te vayas, Santiago – Respondió absorta a mi comentario.

- Debo regresar a casa, lo siento, Tere. Estoy muy cansado – Fue lo único que se me ocurrió decir en aquel momento para evadir los detalles.

- ¿Tú crees que yo no sé porqué te quieres ir?- hizo un pausa, suspiró por su nariz y continuó con tono mesurado - pues déjame decirte que si te quieres abrir, adelante, eres libre de hacerlo. Sin embargo, debes saber que por muy diferentes que todos puedan lucir a ti, tienen en común algo con contigo, y es que también son mis amigos – Replicó sin alterarse

- No es por la gente que está aquí que debo irme, Tere.

- ¿Ah, no? ¿Sabes algo? – Dijo, con su mirada fija en la mía.

- ¿Qué? – Reparé, expectante

- Eres un tonto, Santi. Y quiero darte un consejo; sigue la norma de Popper: nunca supervalores tus propias ideas.

- ¿Qué quieres decir con eso, Tere? - Repuse

- Sigues creyendo que no me he dado cuenta que has rechazado a cada uno de los que está aquí presente, quizás por su forma de pensar o de vestir. Y, pese a que ellos lo sienten intentan acomodarse, y sólo esperan que tú también lo hagas - con su dedo índice derecho me pinchó el pecho y prosiguió - Mientras tanto tú, aún sigues creyendo que ese lagarto que tienes pegado en el pecho no los hace dignos de ti. ¡A eso me refería!

Nada de lo que en un principio había intuído minutos antes en el garaje se concretó ya que, por un lado, tanto Juan como Simón nunca llegaron a la fiesta. Y Angelita, la más mamacita de todas, llegó tarde, y lejos de querer irse, fue la que terminó de contagiar de agrado a todos, sin excepción. A través de ella me integré con los de la sala; me relajé y me liberé de mis prejuicios mal concebidos. Con ellos bebí aguardiente hasta la mañana del otro día.

Esa fiesta de Tere fue la antesala de un proceso que ha estado expandiendo mi mente. Un camino que me ha permitido ver que a partir de la diferencia, de atreverse a compartir con cualquier forma de expresión humana, se olvida lo que creemos ser, y quedamos en libertad para poder vivir.

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sábado 3 de octubre de 2009

Estudios Vespertinos

Por Camilo Suárez

La noticia de la elección de Rio de Janeiro como la ciudad sede de los juegos olímpicos del 2016 la escuché por la radio, sentada sobre el diván de cuero negro avejentado de la sala de mi apartamento, con los pies entrecruzados descansando encima de la mesa de centro, y un plato hondo de cerámica china lleno de leche y zucaritas sobre mi vientre. No había duda de que el anuncio había detonado una rumba nuclear en Brasil y, considerando mí lánguida condición por aquellos días, deseé estar en esa fiesta, no era para menos, dicen que fue la inauguración anticipada del carnaval.

En la emisora dijeron la hora tan pronto finalizó el boletín informativo, y recordé que Felipe debía estar por llegar. Terminé de comer y me puse de pie de inmediato, fui a la cocina y lavé el plato del cereal. Deben saber que he sido desordenada toda mi vida, en especial, con el aseo de las cosas de la cocina; mi madre es obsesionada por el orden, mientras vivía con ella y mis hermanas menores, solía agarrar unas rabias innecesarias conmigo, pero pese a esto, y sin importar que tan brava estuviera, siempe terminaba remobiendo del camino mis asonadas. Pero desde que vivo sola he cambiado de manera tajante.

A la cocina y a la sala de mi apartamento las separa un muro ancho y de baja altura que tiene una superficie de madera, y hace las veces de comedor. Allí, aparte de un servilletero, reposa siempre mi grabadora, la misma que me acompaña y ahuyenta las infalibles voces de la soledad. La desconecté después de haber arreglado la cocina y me la llevé al baño para escuchar música mientras me duchaba. Desnuda y frente al espejo sintonicé la estación que transmitía Paper Planes de M.I.A. y mientras el agua de la ducha adquiría la temperatura adecuada para dejarme tocar por ella, intentaba ajustar mis movimientos al ritmo de la canción. Supe que ese día gozaba de buen humor al ver reflejada la involuntaria e incinuosa sonrisa que se dibujó en mi rostro.

Felipe es un amigo de la universidad y desde hace cuatro semestres ha sido una constante estar con él en la mayoría de las clases. Sólo hasta este semestre lo empecé a conocer bien, y me agrada mucho. Estoy segura que de que le gusto tanto como él a mí. Aparte del culo meticulosamente labrado que tiene, lo caracteriza su habitual ausencia en las clases. Ambos compartimos varios gustos y afinidades que facilitan entendernos. Últimamente le he cogido tanto cariño que hasta me comencé a preocupar por su rendimiento académico, de hecho, por esos días estábamos en semana de parciales y lo había invitado a estudiar.

La relación que tenía con mi ex novio, Juan Calzoni, no me permitía entablar relaciones entrañables con la gente de la universidad. Solía dedicarle todo mi tiempo a él, sin desconocer que disfrutaba cada instante a su lado. Sin embargo, hace siete meses le terminé y desde entonces he notado que haberme abierto a otras personas me ha permitido disfrutar como se debe todas las experiencias propias de una joven mujer de 23 años.

Aun estaba en el baño cuando sentí el timbre, no tuve tiempo de secarme toda y mucho menos de vestirme, así que, con la toalla puesta, el pelo mojado y gotas de agua todavía deslizándose por mis hombros, abrí la puerta. Era previsible, al saludarme, la vista de Felipe descendió hacerse esperar, haciéndome sentir la ligereza de la desnudez. Es probable, quizás, que él haya pensado en ese inusual recibimiento como parte de un seductor plan de mi parte, lo que tampoco me inquietaba.

Felipe, lucía en la cabeza su habitual bonete militar con la visera invertida; un buzo de lana marrón ceñido al cuerpo cuya caída empataba justo con la anchura de sus hombros y la extención de sus brazos, y unos jeans tiznados como sólo en él pueden relucir y que, además, delineaban majestuosamente su solemne trasero, que, entre otras cosas, aproveché para reparar tan pronto me dio su espalda. Aunque Felipe aparenta tener pocos escrúpulos a la hora de vestir, me gusta su estilo, su aspecto confirma lo que su personalidad expresa, simplicidad y buen gusto.

Quise imitarlo y me vestí con algo sencillo que encontré. Metí las piernas en los jeans más viejos que tengo pero que mejor ornan mis piernas y el culo, y un esqueleto de algodón blanco que al igual que la toalla mantenía descubiertos mis hombros. Regresé a la sala descalza y con los libros del examen en mis manos.


- Ahora que veo libros, supongo que ya habrás leído el de Pavese que te presté.– Le dije, mientras me sentaba a su lado en el diván y abría los cuadernos – Esta mañana me acordé que hace dos meses te lo di. Quiero que me lo devuelvas.

- Esperaba que no te fueras a acordaar. Si quieres recuperarlo, tendrás que ir tú misma a buscarlo, yo no pienso entregártelo.

- ¡Descarado! ¡Qué tal este! Aunque viéndolo bien, no es mala idea. De paso, aprovecho para revolcar tu cuarto y ver qué rastro de bandidas encuentro

- Lo de la revolcada suena bien - Contestó, después de sonreir ligeramente- La bandida que más he deseado que entre a mi cuarto no lo conoce.

- ¡Ah, sí! Y quién es esa

- Pregúntale a Pavese

- ¡Eres un imbécil! Veo que te comienzas a parecer a Pavese, papacito – le dije, queriendo ser irónica

- Lo dices por mi desconfianza hacia la genialidad – Respondió, acomodándose en el sofá, sin quitar su mirada de mi boca. –

- No, lo digo por tu bella sensibilidad y el apasionado humanismo al escoger las palabras que utilizas para definirme. Decirme bandida es la más clara expresión de tu devoción por la estética, ¡maldito!

- No te equivocas, mi Isabelita. Es la misma devoción por la belleza que no se niega a ninguna verdad. Si me dices que no eres una bandida, te creo, pero si hay algo indiscutible aquí es que eres una mamacita

- ¡Al fín! Hablaste mucho más claro, señorito. Las palabras simples no saben engañar. – repliqué rumorosa. Y me levanté en busca de algo de beber.

Encontré un par de cervezas en la nevera y volví a sentarme a su lado; esta vez más cerca. Su frescura me ponía nerviosa, pero no lo demostraba, al menos eso creo, y al mismo tiempo sentía que era divertido el juego en el que estábamos. Me excita cuando siento que el miedo anuncia su pronto acecho, y se comienzan a erguir las barreras que limitan la mente y los actos. Nunca habíamos estado tan cerca y tan solos como en esa tarde. Sólo nos habíamos dado un tímido beso en presencia de la gente del curso, una noche de tragos en una tienda aledaña a la universidad, en cumplimiento de una penitencia salida de uno de esos juegos que le inyectan emoción a esos programas. Para la época del beso con Felipe, las cosas con mi novio ya habían comenzado a cambiar, sí, lo deseaba cuando estaba sola y, a veces, sin darme cuenta, me gustaba estar a su lado, pero cuando estar a su lado se hacía evidente lo detestaba; por esto, aunque nunca se lo dije así, fue que le terminé.

-¡Salud!. ¡Por las buenas tardes de estudio! - Dijo Felipe – golpeando su lata contra la mía – Aunque esto parece, más bien, la antesala de una tarde de pasión.

-¡Jááá! ¡Oigan a éste! Más bien pongámonos a estudiar. Está viendo muchas películas, papacito. – Alegué, con la mirada fija en sus ojos y fingiendo estar seria.

-Pues, hagamos entonces nuestra propia película. Si le parece, señorita, y así dejamos de imaginárnoslas. Propongo que finjamos que hay una cámara en la sala, después de todo, no tendremos que improvisar, el guión ya está escrito. – Indicó, manteniendo clavada su mirada en la mía y acercando lentamente su rostro.

Transcurrió un instante antes de responder, y sin escabullirme del nudo de miradas en el que estaba atrapada, le respondí, con apacible voz:

- No es mala idea, después de todo, Don Morín, la ilusión que crea una cámara representa, de alguna manera, el secreto del mundo.

Las barreras del miedo se abatieron. Felipe abalanzó lentamente su cabeza y completó el tramo que hacía falta para besarnos. Si hubiera habido una cámara allí presente, el registro de las bocas hubiese sido similar al de dos personas a punto de ahogarse en el mar. Sin darme cuenta, sentí sus manos debajo de mi esqueletico blanco apretando con suavidad mi cintura y las mías, por su parte, se deslizaron sobre su dorso; llegaron hasta el límite y jalaron hacia arriba su buzo marrón. Dejó de besarme por un instante e hizo lo propio quitándome la blusa, y continuó con el pantalón. Estando sobre mí, posó mis piernas sobre sus hombros, despojó mis cucos como si estuviera levantando un trofeo y suavemente metió su cosa dentro de mí; mis ojos se blanquearon, en un segundo mi nariz aspiró todo el aire del apartamento y mi boca lo expulsó convertido en un gemido afinado Me dejó abrazarlo con mis piernas y se inclinó sobre mí para retomar el húmedo beso del inicio. Al principio ninguno de los dos parecía tener prisa, él golpeaba lentamente, y, yo, agarraba su terso y sinuoso trasero con mis manos, al menos hasta donde ellas alcanzaban. Con delicadeza hundí mis uñas en su piel, a lo cual él respondó impeliendo movimientos yertos; los cuerpos empezaron a sudar y mis sentidos a aguzar, sentía intensamente su cosa inhiesta, y a mi espalda pegada al cuero del sofá como si fuera plástico quemado, pero aun así, conseguía moverme a mis anchas en él; permanecí absorta y repeliendo en mi mente el ocaso, con mis ojos cerrados y concentrada en mi respiración, sin embargo, era incontrolable, gradualmente fuimos alcanzando el umbral de la fogosidad y sintiendo que de las entrañas de había brotado una furiosa ola que se precipitó contra sus piernas me dí cuenta que habíamos terminado al tiempo. La extenuación se evidenciaba en el ritmo del resuello, al igual que los rostros mostraban complacidos su mejor sonrisa...

Supe que Juan, mi ex novio, había regresado de Londres hace dos meses. Desde entonces no había tenido noticia de él, suponía que su viaje lo había ayudado a olvidar de todo.

Estando un poco agitada aun, y con mi ropa interior ya puesta, oí vibrar mi celular sobre la mesa de centro, lo tomé, vi en la pantalla un número desconocido y contesté permaneciendo sentada:

- ¡Aló!
- ¡Hola, Isabela! Soy yo, Juan.
- ¡Hooola, Juancho! Qué alegría escucharte, perdido.
- Quiero verte, loquita.
- Qué bueno, yo también, mañana estaría bien…..


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martes 18 de agosto de 2009

18

18.
Música de Joy Division
Por Camilo Suárez

Soy Juan Calzoni, y estoy de vuelta en Bogotá. Hoy no quiero hablar sobre mis desencuentros con la susodicha. Por ahora, solo deben saber que las cosas están cambiando y pintan bastante bien para mí. Una empresa multinacional que se dedica a la exportación de frutas del trópico me ha contratado como su gerente de marca. Si bien es cierto que estudié con ahínco inglés en Inglaterra, el inglés de los negocios no lo domino. No obstante, hace una semana la compañía me pagó un curso especial en un instituto de buena reputación al cual debo asistir los martes en la mañana durante cuatro horas, con la ventaja de que me conceden el resto del día libre y no me obligan a reponer este tiempo ningún otro día de la semana. Hoy fue mi primera clase y esta es la fotocopia de la fecha.

Debo decir que la clase concluyó media hora antes de lo previsto. Para ese momento mi estómago se encontraba desprovisto y pedía a gritos alimento. Al tiempo que me disponía a levantarme de mi puesto e introducía mis útiles en mi maleta, observaba consternado cómo mis escasos compañeros, indiferentes y apacibles, abandonaban el salón y se perdían de mi vista sin despedirse. A pesar de que era la primera vez que compartía con ellos tiempo y espacio, durante tres horas continuas los observé con escasas intermitencias y noté que sus rostros, voces, movimientos y miradas carecían por completo de vida, era como si estuviera presenciando una clase con muertos vivientes. Estos personajes me dejaron cansado y fastidiado. Había vivido, a su lado, uno de los momentos más aburridos de mi vida.

Una vez abandoné el recinto me dirigí hacia una vitrina en donde se encuentran exhibidas las películas que pueden pedirse prestadas por los estudiantes. Estudio en un instituto financiado y dirigido por la embajada del Reino Unido en mi país, de modo que todas las cintas que allí ofrecen conservan dicho origen, lo cual encontré de fecundo interés, pues he sido siempre un asiduo consumidor de todos los productos de Hollywood. Pese a que ignoro casi todo sobre el cine británico, y que sólo se permite llevar una película, no fue difícil para mí escoger entre muchos títulos y opté, entonces, por una cuyo nombre era: Control, del director Anton Corbijin. Me incliné a ciegas por esta, movido por la breve sinopsis que hacía referencia a la historia del líder vocal de la legendaria banda de Indie inglesa: Joy Division, y, adicionalmente, por los fulgentes comentarios de supremas autoridades del mundo periodístico contenidos en su misma caja.

No tardé mucho en volver a casa para ver mi película. Con ese propósito, me acosté sobre el sofá del cuarto de televisión. El diván está ubicado junto a una ventana a través de la cual después del medio día logran penetrar los rayos del sol, sin fuerza pero de forma sutil, como la luz detrás de la lluvia, gracias a una gruesa persiana marrón que disminuye la intensidad de la luz. El resultado es una atmósfera irasciblemente acogedora. Mi panza proyectaba una explosión debido al fastuoso almuerzo que mi madre me había ofrecido, motivo por el cual anticipé un sueño indomable tan pronto iniciara la película. Pese a esto, gracias a la impredecible fuerza de la historia, sumada a la sorprendente aptitud de los actores y la estupenda ambientación de la cinta, fue inevitable que mi mente quedara atrapada en la pantalla de principio a fin.

Ian Kevin Curtis, es el protagonista de esta historia que no tiene un final feliz. El corto capítulo de su vida terrenal, en esencia, no es distinto al de cualquier otro gran hombre. Dueño de un carácter avasallante y una mente procelosa, vivió al servicio de la literatura y la poesía. Sin embargo, las circunstancias lo llevaron a encontrar en la música el medio idóneo de expresión y realización. En contravía con los esquemas sociales y con escasos dieciocho años contrajo matrimonio con Deborah Woodruffe, quien sería su esposa hasta el último día de su vida. Su carrera musical fue tan breve como su vida. Desde su comienzo Curtis creó con su voz y prosa un sonido de culto que posteriormente influenciaría de primera mano a las bandas más representativas de la música contemporánea. Una buena cantidad de músicos que hoy las masas consideran dioses tuvieron como fuente primaria de inspiración a Joy Division. Se dice que todo tiene un principio y un fin. Su genio consistió en anticipar, como el árbol de Goethe, los sonidos de nuestros tiempos. Artistas cuya fama se extiende a lo largo y ancho del planeta como New Order, U2, Depeche Mode, Red Hot Chili Peppers, Moby, Bloc Party, entre otras tantas, apelan a los aludidos como el origen de su resonancia.

Reconozco que no es placentero oírlos. Cualquiera de sus canciones tiene el poder de generar una atmósfera gris y depresiva. Soy rockero, pero encuentro mi gusto en la música con mensajes claros y alegres. Curtis, a pesar de haber sido una persona determinada, era, también, un ser frío, ensimismado y hermético, como una bóveda de acero. Con todo, en los escenarios desplegaba un poder inverosímil que cautivaba los oídos más indiferentes y arrasaba con todo a su paso. En una de sus giras conoció a una diplomática belga, de quien, pronto, se iba a enamorar profundamente. En razón de este hecho su matrimonio se debilitó, y descubrió que había sido un error casarse tan joven, aunque prosiguió con este sin abandonar a su amante. Esta confusión lo debilitó al punto que consideró renunciar a la fama para resolver su situación emocional. Por su parte, aparte de indecisión, adolecía de epilepsia, de modo que sufría frecuentes ataques que lo sorprendían en los lugares menos esperados, incluso durante sus conciertos. Los médicos le recetaban fórmulas médicas pero era inútil, su salud estaba destinada a agravarse naturalmente. A nada le temía más que a continuar sufriendo los impases de su enfermedad. Preso en su culpa, decidió abandonar la banda indefinidamente hasta tanto definiera sus problemas sentimentales.

Sin previo aviso, y sin mayor evidencia de lucha y siendo un imberbe pelao de 23 años de edad, Ian Curtis se suicidó, ahorcándose en el patio de su casa. De manera voluntaria decidió ofrecer su vida para evitar prolongar, por una parte, su propio sufrimiento físico y, por otra, impedir que su esposa viviera atormentada a causa de su desamor. Suele valorarse este acto como el extremo de lo apocado, sin embargo, lo percibo como una acción humana que requiere de coraje. Aunque no lo comparto, sí es cierto que supone asumir y vivir la idea de que en la vida hay realidades irremediables y que no siempre la voluntad basta para cambiarlas. Es un acto propio de los incomprendidos. De quienes, como Caicedo, hicieron de la irreflexión y de la contradicción su norma de conducta, que pensaron que todo era de ellos y a todo tenían derecho, y lo cobraron bien caro; de quienes no esperaron lograr comprensión del mundo ni del sexo opuesto, de quienes practicaron el ritmo de la soledad en los cines y, de paso, aprendieron a sabotearlos; aquellos que sucumbieron a la maldad de un solo golpe, pues se dieron cuenta que al final todos terminarán rodando juntos del mismo brazo, pero más lento; aquellos que se cansaron de dar sin ser valorados.

Curtis se despidió del mundo el 18 de mayo de 1980. Hoy, es 18 de agosto de 2009. Aunque es evidente que los meses no corresponden, sí es un buen día para recordar que conocí esta historia trágica justo en la fecha en que cuatro compañeros de clase me exacerbaron de manera involuntaria. Es una buena oportunidad para reconocer que lo que me irrita de los demás es no recibir de parte de ellos aquello que yo deseo y en la forma como lo quiero. Ellos no esperaban mi aceptación ni mi comprensión; sí, eran herméticos, fríos y ensimismados, pero quizás no era el escenario para enseñar lo que tienen. Cuánto hice para descubrir su potencial. Me reconozco como alguien ordinario, deseo ser comprendido pero no quiero comprender.


El sigilo frente a la luz nació con los hombres.

Gonzalo Santonja

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lunes 3 de agosto de 2009

Lo Mejor de Tí

Lo Mejor de Ti
Un cuento para cantar
Por: Camilo Suárez

Me llamo Juan Calzoni, y ya podrán imaginar las bromas que harán con mi apellido en mi país (Colombia). Aquí, es lo de menos. Vivo solo y no conozco a mucha gente. Por tal razón, oigo pronunciar mi nombre pocas veces, si acaso por mi jefe y algunos colegas. Hoy es jueves y es el único día de la semana que tengo libre. El reloj que cuelga en la pared marca las 10 a.m. Aunque desperté hace una hora permanezco acostado sobre mi cómoda cama, mis manos amortiguan mi cabeza, y la mirada la mantengo fija (parpadeando continuamente) en el techo de mi cuarto. Vivo en un viejo y pequeño apartamento en el norte de la ciudad. A pesar de que es verano y que los cielos en los últimos días han permitido ver a un sol ardiente, allá afuera está cayendo un fuerte aguacero. El crepitar de la lluvia en mi ventana se asemeja a una bandada de granos de fríjol impactando un vidrio endeble.

Las pantorrillas y los muslos de mis piernas me duelen. No había sentido un dolor semejante desde los días en los que daba inicio a mi segunda semana de trabajo en este país; es una molestia similar a la que se llega a sentir momentos después de haber alzado peso con las piernas en un gimnasio. Sí ya estoy habituado al trajín, no comprendo por qué me duelen así; ¡Ah, ya sé, es el cansancio acumulado! Por una parte, haber conducido mi bici-taxi durante siete días completos, pedaleando a través de esta impetuosa y gigantesca ciudad, y, por otra parte, estoy pagando la cuenta de cobro de las dos horas continuas que permanecí brincando en el concierto de hace ocho días... Con un escueto suspiro margino de mi pensamiento el dolor de mis extremidades y mi mente, involuntaria, repasa recientes reminiscencias.

Recuerdo con picardía que para convencer a mis padres de financiar mi viaje, me bastó con demostrarles que era una necesidad, casi que vital, estudiar inglés en un país angloparlante, puesto que hoy en día el mercado laboral colombiano exige, al menos, este idioma como segunda lengua a fin de garantizar la competitividad empresarial. Así mismo, les dije que hasta lo que iba corrido de mi vida, no recordaba haber soportado sucesos más penosos en público como los que viví las veces que hice un puñado de exposiciones en inglés en la universidad, aparte de los que me había hecho pasar mi padre en un sin número de reuniones familiares, en las que solía evocar la historia sobre la sorpresa que se llevó, instantes después de mi nacimiento, al ver el gran tamaño de mi juguete. Sin embargo, en realidad, lo que quería no era venir a esta ciudad sino comprar un cohete y viajar a un planeta muy lejano, montar un campamento allí y pasar una larga temporada lejos de este mundo. No era cierto que fuera un desastre con el inglés, pues, tanto en el colegio como en la universidad siempre fui uno de los mejores estudiantes de la clase, solo, que, consideré necesario dramatizar una serie de situaciones para asegurar la venia de mis padres. Londres era lo más cercano a otra galaxia que dentro de mis posibilidades podía pedir.

Matar a tu recuerdo fue la verdadera razón por la cual me vine para acá. Necesitaba exorcizar tu vida de mis vísceras y exfoliar de mi piel el vestigio de tus manos y el contacto de tu cuerpo. El día en que Medina Reyes me encontró en una Librería Nacional de Bogotá, y me susurró al oído que era hora de darme cuenta que nadie podía sentir el calor, el sueño o la fatiga de otro, que dos jamás serán uno y que afirmar eso solo servía para vender tarjetas el día del amor y la amistad; que el amor que sentía por ti me hería solo a mí, y para ti ya no existía, y que lo mejor que podía hacer era matar con sevicia este amor, porque era inútil, porque ya no podía tocarte ni hacer que tu vida extrañara la mía. Ese día me convencí de que el mejor spa estaba en la distancia.

Al igual que el grueso número de colombianos que vienen aquí y, como lo he constatado, también una cantidad incalculable de brasileros, indios, coreanos, japoneses y chinos, estudié inglés durante cinco meses en un instituto de idiomas. El mismo tiempo por el cual se me fue dada la visa. Con todo, al finalizar mi curso, sentí que no estaba listo para volver a Colombia, de modo que decidí quedarme por un tiempo indefinido. He tenido el mismo trabajo desde que llegué y todo lo que produzco lo ahorro. Uso la misma ropa que me traje y los únicos dos gustos que me he dado, uno por necesidad y el otro por placer, han sido: la mejor chaqueta de plumas que encontré para protegerme del frío inclemente del invierno que enfrenté cuando llegué; y una unidad de la mejor línea de colchones ortopédicos y resortados que se puede conseguir en el mercado inglés. No obstante, hace ocho días, rompí mi filosofía de austeridad y manejo ético del dinero y pagué, jubiloso, 380 libras por un tiquete para entrar al Wembley Stadium para ver tocar en vivo a los Foo Fighters.

Siento mis brazos dormidos y al tiempo que despego mi espalda del colchón y la elevo en forma de arco, los estiro con fuerza y dibujo un círculo en el aire con ellos. Cuando vuelvo mi dorso sobre la cama, acomodo la palma de mi mano derecha detrás de mi nuca mientras que la izquierda ahora descansa sobre mi pecho. Le doy otro vistazo a la hora. Sólo han trascurrido dos minutos. Clavo una vez más la mirada en el techo y retomo mis memorias.

Recuerdo que los días que precedieron al concierto se habló mucho de las posibles sorpresas que traería consigo. En las calles se hicieron cábalas inagotables sobre los artistas legendarios que ese día podían aparecer en escena para acompañar una u otra canción de la banda. A pesar de esto, estuve impávido para no llenarme de ansiedad y me concentré en mi trabajo. Todos los espectadores imaginaron el evento pero ninguno supuso como terminó siendo al final. El gran día, me encontré a un estadio abarrotado con 86.000 almas delirantes en el que se respiraba una atmósfera de júbilo y ansiedad. Esto era un hecho inverosímil si se tiene en cuenta que las bandas norteamericanas no tienen tanta acogida en el Reino Unido. Dave Ghrol dio inicio a la velada cuando ingresó al escenario y tomó el micrófono para saludar con un avivado grito a la audiencia. Sin dar espera, invitó a escena a Jimmy Page y a John Paul Jones y yo, en medio de la multitud, me sentí como una sal de frutas en un vaso con agua. Pero, no sólo fue esto lo que me dejó henchido, me llamó la atención que a pesar de que, tanto el pomposo par de artistas invitados, así como Shifflet y Mendel ya estaban listos para tocar, Taylor Hopkins era el único que no ocupaba el asiento al frente de su batería sino que se mantenía fumando, proceloso, al costado de Ghrol, mientras este expresaba el honor que representaba para él y su banda permitírsele vivir la oportunidad de tocar su música en ese legendario lugar. Acto seguido, y lejos de cumplirse los pronósticos, Ghrol abandonó su lugar al frente del micrófocno y asumió el puesto de la batería mientras que Hopkins, por su parte, ocupó el lugar de aquel; situación que jamás nadie había visto en uno de sus conciertos.

Bastó escuchar los primeros redobles vertiginosos de la batería y los acordes estridentes de Jimmy Page, de la clásica canción Rock N´Roll, para que mis piernas se despegaran del suelo con un salto que me llevó hasta el cielo. Cuando fui presa de la gravedad, repetí una y otra vez el mismo movimiento, parecía que mis extremidades inferiores respondieran a impulsos emitidos por cerebros independientes que se alojaban en mis rodillas. Más aun, alcancé a ver el paraíso cuando Hopkins entonó el coro con una prodigiosa e impredecible voz. Mientras mi cuerpo se fundía en descargas inagotables de adrenalina, tarareaba la canción sin importar que mi voz se disipara en la algarabía.

Cuando Everlong fue interpretada a capela por Ghrol en el centro de la larga pasarela dispuesta como parte del escenario, mis cinco sentidos se aguzaron y tu imagen, como la muerte, apareció de súbito ante mi vista. Tu fantasma se vio esbozado en los destellos de luces que despedía la tarima. No obstante, observé algo curioso en mi reacción, pues, lejos de volver a sentirme ruin al reafirmar que no existe ni un solo crespo de esperanza de volver a vivir la noble sensación de tenerte físicamente a mi lado, experimenté una extraña calma al sentir que estabas ahí presente encarnada en esas estrofas que me penetraban. Como Orantes, una loca alegría danzó en mi corazón.

Pese a que todo el repertorio había estado fuera de serie, no me hace falta hurgar en los recuerdos para concluir que el suceso más trascendental de la noche fue la interpretación de The Best of You. Ghrol introdujo la canción indicando que éramos partícipes del mejor día de su vida, y nos pidió cantar junto a él una vez más. A pesar de ser una frase sencilla, fue una parábola que pretendía proponer un camino distinto de interpretación de la vida. Era contundente. Le había tomado dos horas demostrarle a tantos miles de asistentes que la música era un instrumento capaz de astillar, como la ballesta de un guerrero espartano, el más duro escudo de los corazones escondidos. Inició la canción y su voz retumbó en el cielo y los cimientos del estadio alcanzaron a tambalearse. No era su vientre la fuente del poder de su voz sino su corazón. La textura de mi tersa piel se tornó áspera como si fuera una alfombra, y de inmediato mis párpados tuvieron que cerrarse para impedir que mis ojos se ahogaran en medio de lágrimas. Justo en la mitad de la canción, la música se detuvo y Ghrol, al no aguantar la conmoción de sentimientos que le generó la impetuosa ovación, soltó la guitarra y se llevó sus manos extendidas a los ojos, dejando ver un rostro afligido. En cuestión de segundos la canción retomó su camino y la misma energía continuó colmando la sed del ávido público.

Lo mejor de tu vida se reveló en esa canción. Al finalizar, con ella lo hizo también el concierto. De inmediato entendí que tu fantasma había aparecido para anunciarme el momento de reconocer el cansancio de estar volviendo a comenzar una y otra vez. Ni el océano atlántico con toda su amplitud había bastado para evitar que me encontraras. Sin importar lo lejos que me haya mantenido de sufrir a causa de tu amor; no hay sufrimiento más grande que vivir sin dar amor. Volví a creer que lo mejor de mí no daba espera de volver a ser entregado. - ¿Qué vine a cambiar a este lugar?- Me pregunté. Creí que la magia se había ido, pero cómo negarla si en cuestión de pocas horas te habías valido de una banda de Rock para ordenar esta mente nemorosa.

Lo mejor de ti, no es otra cosa que tu facultad de quitarme y devolverme la vida cuando quieres. Dios te utiliza para hacer lo que sólo él puede. Sé que ahora no será posible que vuelvas a ser parte de mi proyecto de vida, y que tampoco proyecto mi vida en este lugar. Con la paciencia de todo buen amor, ese día pegaste el último ladrillo de tu obra. Después de un largo camino y de sufrir el vértigo de no tenerte y de no entender por qué si decías amarme no estabas conmigo, comprendí que jamás podría sepultar por completo los recuerdos de tu amor. Viniste para decirme que aun es posible vivir para otro.

El reloj ahora marca las 10:15 a.m. Necesito levantarme de la cama y darme una ducha fugaz. Aun debo meter algunas cositas que andan por ahí en mi maleta y llamar a mi jefe para avisarle que no volveré a trabajar con él jamás. Mi vuelo de regreso a Bogotá sale a las 3:00 p.m, y en Londres es difícil conseguir taxis cuando llueve. Así que no hay tiempo para pensar más. Ahora estoy ansioso. Deseo abrazar a mi familia, a mis amigos, percibir el olor de mi casa y volver a dormir en mi viejo colchón y quiero, más que cualquier otra cosa, encontrar unos ojos en los que los míos se hundan para poder compartir, una vez más, lo mejor de mí.



Se le recomienda al lector, antes de que se vaya, dirigir el ratoncito a la lista de reproducción de música, buscar y hacer click en la canción: The Best of You - Foo Fighters. Si tiene la suerte de que sea la primera canción que le suene, en 10 días vivirá una experiencia que cambiará su vida.

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martes 28 de julio de 2009

El Hombre de la Cara de libro

Por Camilo Suárez

El 14 de mayo de 1984, Mark Elliot Zuckerberg nació en la pequeña ciudad de White Plains (U.S.A). Creció en el seno de una acomodada familia judía en la ciudad de Nueva York. A Mark, no le hizo falta cursar el último año de bachillerato para descubrir su vocación profesional, pues apenas siendo un peladito de 11 años ya era un experto programador de computadoras. Gracias a su talento, al finalizar el bachillerato se hizo merecedor de un cupo para estudiar en la Universidad de Harvard y, por su parte, de una exclusiva casilla en las listas del FBI en calidad de hacker.

Era dueño de una personalidad retraída y de un estilo de vestir que contrastaba con los puñados de sofisticadas personalidades que desfilan por los pasillos de este afamado campus universitario. Debido a su frágil carácter y desdichado atractivo físico, solo sus compañeros de dormitorio lo acogieron. Quienes conocieron esta faceta, que encajaba cabalmente con el arquetipo social de un completo perdedor, afirmaban que tenía un magnetismo invertido pues lejos de acercar, alejaba a las personas, y de manera especial, a las mujeres.

Una noche, Mark fue objeto de un nuevo rechazo por parte de una chica. Suceso que se convirtió en el detonante de una idea que había encubado hacía un tiempo atrás. Por eso, una vez se despidió de la chica decidió ir a su dormitorio y encender su computador. Acto seguido, ingresó de manera ilegal a cada uno de las páginas web en donde aparecía la información personal de las estudiantes de la universidad. Así, robó sus fotos y creó un portal de internet llamado Flashmash, cuyo objeto no era otro que promover la calificación de las imágenes de las chicas de acuerdo a sus atributos físicos. En cuestión de dos horas 22.000 personas habían votado y la red de la escuela por poco colapsa.

Este hecho, sumado al motor que movía su vida; la búsqueda insaciable por conseguir sexo, lo llevó a registrar el nombre de un portal de internet que, en principio, solo funcionaría para aquellos que fueran tenedores de un correo electrónico de Harvard, el cual tituló: “Thefacebook”. Tuvo que pasar dos semanas para que el 85 por ciento de los alumnos de esta institución fueran parte de la red, y no más de cinco años para que contara con 250 millones de usuarios en todo el mundo.

En los días en que el medio que cambió nuestra forma de relacionarnos se estaba iniciando, Mark vivió por primera vez la experiencia de ser reconocido y en el baño de un bar tuvo sexo con una estudiante asiática. Había cumplido su fetiche. Poco tiempo después, celebraba en un bar de Nueva York, en compañía de sus socios y cantidades alarmantes de licor, que su red ya tenía a 1 millón de usuarios. Esa noche, no fue rechazado por otra chica, sino conducido por la mano de una preciosa y seductora modelo de Victoria Secret hacia un hotel.

Esta es la historia publicada por Ben Mezrich en el libro The Accidental Billionaries”, sobre el fundador y actual presidente de Facebook, quien a sus cortos 25 años, ya figura en la listas de los millonarios más poderosos del mundo. Una historia de sexo, dinero y genialidad, pero, que, más allá de lo fútil y divertida, es una metáfora de los valores del mundo banal en el que vivimos.

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miércoles 15 de julio de 2009

El Mejor Deporte del Mundo

Por Camilo Suárez

Me deleitan incontables experiencias posibles de ser vividas en este mundo. Al igual que todos, podré sentir fascinación especial tanto por aquello que consigue llegar a ser chocante y original, como por lo vulgar y cotidiano.

Nunca he podido explicarle, a mí mismo y a los demás, porqué me atrae tanto un deporte que para la inmensa mayoría de la población de mi azarosa y fría ciudad resulta tedioso y monótono.

Hace doce años tuve la fortuna de disfrutar junto a mi familia uno de los momentos de fervor más alucinantes que, en gran parte por ser colombiano y admirador de este deporte, he experimentado.

Quién no recuerda la Serie Mundial de Béisbol entre los Marlins de la Florida y los Indios de Cleveland. 26 de octubre, 1997. Séptimo y último juego del campeonato; parte baja de la onceava entrada; juego empatado a dos carreras; instante de máxima tensión tanto en el estadio como al frente de cada uno de los televisores en sintonía; los Marlins al ataque; el barranquillero Édgar Rentería enfrenta su turno al bate con dos (outs) en la cuenta; su compañero de equipo (Craig Counsell) se encuentra en la tercera base listo para correr hacia el plato; en el primer intento Rentería conecta un imparable que impulsa la carrera que le dio el campeonato a su equipo, y una inmensurable alegría a su pueblo…

Quizá entre la frívola sociedad bogotana y del interior de mi país ni siquiera exista un febril recuerdo sobre este episodio. Pero, sin cabida a un solo crespo de duda, la gente de la costa atlántica colombiana conserva este suceso en un exclusivo terreno de sus memorias.

Por esta razón, es oportuno hablar de Beisbol. Entrar en diálogo con la Filosofía de este extraño y complejo deporte que alucina a muchos y envía al más profundo de los sueños a otros.

Para tal efecto, hemos traído desde los aposentos de su tumba en U.S.A al profesor John Rawls, para que nos explique por qué el Beisbol es el mejor deporte de todos.

A continuación, transcribiré un breve perfil del profesor en mención y una carta que este especial personaje escribió en el año 1981 a su camarada y también filósofo, Owen Fiss.

Jhon Rawls fue un eminente filósofo, quizá el más grande que ha producido Estados Unidos. Fue también un entusiasta devoto del béisbol. Contrario a las noticias extendidas, Rawls nunca recibió una oferta para jugar como profesional y, de hecho, ni siquiera jugó en un equipo de béisbol de su universidad.

Pero jugó en el equipo de bachillerato y fue estrella en juegos de sóftbol interuniversitarios y departamentales en Harvard. Con frecuencia, como en su artículo seminal “Dos conceptos de reglas”, Rawls usó ejemplos del béisbol para explicar aspectos técnicos de la filosofía.

En la carta que sigue, escrita en 1981, Rawls pone la filosofía al servicio del béisbol y da una explicación sobre el deporte y la especial atracción que ejerce sobre los americanos. La carta recupera una conversación durante un desayuno veinte años atrás con Harry Kalven (1914 – 1974), quien fue un amigo y colega en la Universidad de Chicago. Kalven fue un muy distinguido erudito en derecho, especializado en agravios, jurados y libertad de expresión.

Cuando murió, Kalven dejó un manuscrito al cual se refiere Rawls y que fue publicado finalmente en 1988 con el título A WORTHY TRADITION, sobre la libertad de expresión. Como Rawls, Kalven amaba el béisbol. Estaba orgulloso de que su archivo sobre agravios contuviera más casos de béisbol que el de cualquiera de sus colegas, y consideraba esencial llevar cada año a sus estudiantes a un juego de los Chicago Cubs.

El recuento de Rawls de su conversación con Kalven puede considerarse una muestra de su excepcional poder de evocación. O puede ser leído como un reconocimiento a su espíritu generoso, a su bien conocida inclinación a dar el crédito de sus ideas a otras personas. En cualquier caso, su carta es parte de una tradición -la de pasar los sábados escribiendo largas, lentas cartas-, que ha desaparecido por completo en la era de los e-mails.

- O Owen Fiss (Departamento de Filosofía de la Universidad de Harvard)

Sábado, abril 18

Querido Owen

(…) Qué hace del béisbol el mejor de los deportes.

Primero: las reglas de juego están en equilibrio. Es decir, para comenzar, el diamante tiene el tamaño correcto, el montículo del pitcher tiene la distancia exacta desde el home, etc., y esto hace posible las maravillosas jugadas como el doble play. El diseño físico del juego está perfectamente ajustado a las habilidades humanas, que se despliegan en un ejercicio elegante. En cambio, el baloncesto, por ejemplo, está (o estaba entonces) constantemente a sus reglas para obtener equilibrio.

Segundo: el juego no requiere características físicas especiales, por ejemplo, los hombres altos, como pasa en el baloncesto. Todo tipo de capacidades encuentran un lugar en cualquier parte: el alto, el bajo, etc., pueden disfrutar juntos del juego en diferentes posiciones.

Tercero: el juego usa todas las partes del cuerpo. Los brazos para lanzar, las piernas para correr y meterle fuerza al swing, etc., al contrario del fútbol, donde usted no puede sacar el balón con la mano. El béisbol necesita velocidad, puntería, buen ojo para el bateo, astucia para los lanzadores y receptores, etc. Y hay todo tipo de estrategias.

Cuarto: todos los momentos del juego están abiertos a la vista: los espectadores y los jugadores pueden ver lo que está pasando. Por el contrario, en el fútbol americano es difícil saber lo que pasa en el campo de batalla más allá de la línea. Incluso los árbitros no pueden verlo todo, por eso hay un montón de trampas. Y en el baloncesto o en el soccer es difícil saber cuándo pitar una falta. En el béisbol también existen los casos dudosos, pro por lo general a los árbitros les va bien, y estos casos dudosos provienen de la maravillosa coordinación de tiempos del juego y no de la obligación de pillar tramposos, etc.

Quinto: el béisbol es el único deporte donde la anotación no se logra con la pelota, y esto produce el notable efecto de concentrar la excitación de las jugadas en diferentes puntos del campo al mismo tiempo. El corredor cruzará la base antes de que el jardinero atrape la bola y la tire al home, y así sucesivamente.

Finalmente está el factor del tiempo, cuyo manejo es fundamental en cualquier deporte. El béisbol comparte con el tenis la idea de que el tiempo nunca se acaba, como pasa en el baloncesto o el fútbol. Esto significa que siempre hay tiempo para que el lado perdedor pueda desquitarse. La parte baja del noveno por lo general por lo general se convierte en uno de los momentos potencialmente más excitantes del juego. Y aunque pasa lo mismo en algunas veces en el tenis, parece que psa cada vez con menos frecuencia. El Cricket, como el béisbol (y a propósito, debo corregir la anotación que hice arriba respecto a que el béisbol es el único deporte donde la anotación no se logra con la pelota), tampoco tiene límite de tiempo.

Esto, según recuerdo, fue la esencia de mi conversación una mañana con Kalven (Harry Kalven, era colega, profesor de Filosofía de la Universidad de Chicago); como yo, muchos otros desayunaron con él. Y habiendo jugado béisbol traté de que se extendiera un poco en el tema. Estoy seguro de que hubo muchas otras cosas que he olvidado, y también de que hubiéramos podido seguir hablando de haber tenido más tiempo.

Tomado de la revista El Malpensante, Edición No. 89, agosto 2008, pág. 37 – 38.

Muy bien, ya leyeron al profesor. Ahora, no hace falta sino ir a la Casa Olímpica o a su tienda de deportes más cercana y adquirir un par de manillas - o manoplas como dicen en Bogotá D.C -, una buena bola de hilo y un bate de aluminio o madera, e ir a practicar a la liga de béisbol de su ciudad o, en su defecto, al potrero más cercano a su casa y jugar con sus amigos, primos o hermanos.

Hay que hacer la prueba. Quizá les quede gustando, y comiencen a deleitar las transmisiones de los partidos. A propósito, tenemos a un cartagenero a quién hacerle fuerza en las grandes ligas del mejor deporte del mundo (Orlando Cabrera) , cuyo equipo (Atléticos de Oackland), se perfila como favorito para disputar la Serie Mundial de este año.

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